viernes, 11 de marzo de 2011

ORISON SWETT MARDEN (1850 - 1924)

en 1915 indicó: 

- En los muros del tiempo trabajamos todos como arquitectos de nuestro propio destino. Que cada ocasión sea una gran ocasión, porque no sabéis cuándo el destino os favorecerá.

- El éxito no se mide por lo que lograste, sino por la oposición que has encontrado, y la valentía con la que has mantenido la lucha ante las circunstancias.

- En todo ser humano hay un león dormido. Se tienen muchas fuerzas que permanecen latentes hasta que la ocasión las despierta y aviva. ¡Cuántas veces una escena, una lectura una palabra remueve el fondo del alma y hace brotar de ella inspiraciones misteriosas! En cuanto advierte el hombre que la verdadera dicha no está en los goces terrenos y que su ideal ha de ser la perfección de su naturaleza divina, se siente que en el interior late una fuerza antes ignorada.

- Cada uno no es lo que ha conseguido ser, sino lo que aún es capaz de conseguir.

- El hombre sólo ha vislumbrado hasta ahora un mínimo sector del divino plan. Los anhelos de una vida más amplia, más noble y eficaz laten poderosos bajo la realidad de la mezquina y estrecha vida en que nos hallamos y es deber nuestro elevarnos a mayor altura moral.

- El imán mental no puede atraer cualidades opuestas. Construimos según pensamos. Nuestra conducta es consecuencia de nuestros pensamientos. "Dime en qué piensas y te diré lo que eres".

- Mientras no estimuléis vuestras aspiraciones y creáis en vuestro poder de realizarlas nunca las satisfaréis.

- El límite de vuestro pensamiento será el de vuestras posibilidades.

- Si nos convencemos que cada uno tiene su lugar señalado y su labor asignada en el divino plan del universo, conseguiremos satisfacer muchos anhelos. El éxito es proporcional a la perseverancia y la firmeza del propósito. Únicamente vence el que sin desmayo persevera.

- No saben ser dichosos con lo que son, porque siempre están esforzándose por lo que no son.

- La economía consiste en saber gastar y el ahorro en saber guardar.

- El desaliento huye ante la consciente idea que somos hijos de Dios y copartícipes de su naturaleza.

- Solo fracasamos cuando perdemos nuestra fe en la seguridad del éxito.

- Quien no tiene confianza en sí mismo tampoco puede inspirarla a los demás.

- Cada uno tiene su misión que cumplir en este mundo.

- El mejor servicio que podemos prestar al prójimo es ayudarle a conocerse a sí mismo y fortalecer su fe de modo que logre sus legítimas aspiraciones.

- Cuando un hombre siente que por dentro le palpita el poder de hacer todo lo que se propone, y posiblemente puede hacerse, eso es felicidad, eso es éxito.

- Cuando el hombre vislumbra el enorme potencial de energía interior, ya no vuelve a ser esclavo de la duda.

- Nuestro organismo aunque no lo parezca, no es ni más ni menos que la plasmación carnal de nuestros pensamientos, siendo la salud la perpetua realidad y la enfermedad ausencia de armonía.

- La primera condición para el restablecimiento de la salud es que el enfermo quiera curarse y crea que se va a curar con el tratamiento a que se somete. La esperanza de alivio es ya de por sí eficacísima medicina.

- Los experimentos efectuados en los laboratorios de psicofísica demuestran que todas las células son sensibles a las influencias mentales que del cerebro les llegan y por lo tanto capaces de estímulo o desaliento según la índole positiva o negativa de la influencia mental.

- La mayor parte se va de este mundo sin descubrir las especiales dotes encerradas en su interior, sin descifrar el sellado mensaje que Dios puso en su mano en el momento de nacer. El conocimiento de sí mismo equivale a encontrar a Dios en nosotros y nos relaciona con el infinito Poder que gobierna el universo. Solo el interesado podrá descubrirlas. No hay límites para las actitudes mental y espiritual del hombre.

- Todos los que han logrado grandes resultados eran grandes soñadores.

- El pensamiento es una energía capaz de infinitas modalidades, grados, matices, magnitudes y direcciones; pero siempre con la invariable propiedad de acrecentarse a sí mismo durante el camino recorrido en su actuación. El odio engendra más odio y el temor más temor; de la propia suerte que, por fortuna, el amor, la compasión, la dicha y demás emociones placenteras engendran otras idénticas o sea que a sí mismas se acrecientan.

- Solo producimos aquello en que concentramos todas nuestras potencias y sentidos, aquello en que de continuo pensamos. Si queremos gozar de la abundancia, hemos de hablar de abundancia y libertad. Mientras no lo pidamos con fe y perseverancia, no esperemos recibirlo.

- La sonrisa es una verdadera fuerza vital, la única capaz de mover lo inconmovible.

- Estamos en el mundo para descubrir nuestra naturaleza superior.

- El hombre se convierte en lo que piensa. Para ayudaros a vosotros mismos es preciso tener una meta y acercarse a ella, contemplando ese ideal día tras día hasta fijarlo en la Mente. Habéis nacido para vencer.





DEL LIBRO - LA ALEGRIA DE VIVIR - de ORISON SWETT MARDEN

XVII. TEMOR Y TEDIO


COMPADECIDO cierto mago de un ratón que en su casa anidaba en perpetuo temor al gato, lo transformó en gato. Entonces tuvo miedo del perro, y en perro lo transformó el mago; pero acometido del temor al tigre, lo transformó en tigre, sin que acabara aquí su miedo, pues siempre estaba temeroso del cazador, hasta que por fin el mago lo volvió a su prístino ser, diciéndole: "Puesto que tienes nervios de ratón, no es posible protegerte dándote cuerpo de más noble animal".

Muchas gentes parecen incapaces de desechar el temor de su mente. Si son pobres, se figuran que con salud y dinero no tendrían miedo a nada ni volverían a sentir tedio. Se figuran que si poseyeran esto o lo otro, si estuvieran en distintas condiciones o en diversas circunstancias, podrían desenbarazarse de la ansiedad y sus numerosas hijuelas; pero cuando obtienen lo que apetecían continúa persiguiéndolos el mismo enemigo, aunque en otra forma.

El temor y el tedio son los mayores enemigos de la felicidad. Siempre y por doquiera podemos hallarnos con una maldición; pero cualquier infortunio que nos sobrevenga lo podemos soportar más llevaderamente sin aquellos dos asesinos de la dicha. En efecto, el temor es antiguo enemigo del hombre, y el tedio es su odioso cómplice. Siempre fue el temor propio de la condición humana; pero el tedio es enfermedad peculiar de nuestra época.

Conozco a un hombre de excelentes prendas, pero constantemente entorpecido por el temor, que estragó, en gran parte, su carrera. Desesperadamente luchó contra él sin resultado, hasta que, no hace mucho, vino en conocimiento de que era posible neutralizarlo por medio de su aptitud mental. Confesaba este hombre que el temor le había espiado los pasos desde la infancia, había reprimido su natural expresión y contrariado todos sus intentos, impidiéndole emprender cosas que confiaba plenamente en llevar a cabo.

Desde que descubrió el modo de neutralizar este violento destructor de su dicha, fue enteramente distinta su actitud mental, de modo que hasta luego de aniquilado el temor, no se conoció a sí mismo ni echó de ver sus posibilidades.

La eliminación de este enemigo determinó el realzamiento y mejora de su carácter, de modo que él un tiempo débil, vacilante y temeroso, inútil para toda empresa, es hoy varón fuerte, vigoroso y confiado. Al desechar el temor ha puesto en actuación su energía latente con enorme acrecentamiento de fuerza mental. Es capaz de hacer en un mes mucho más y con mayor facilidad de lo que penosamente hacía antes en un año.

El temor mata la esperanza; el tedio y la ansiedad desvanecen la confianza, anulan la fuerza de concentración y paralizan las iniciativas. El temor es fatal enemigo de toda proeza, el emponzoñador de la felicidad.

Dice un autor: "Tomad un antídoto contra el temor, el enojo y el tedio, en cuanto sintáis la cercanía de su contagiosa atmósfera."

Nuestros mayores enemigos se atrincheran en nuestra mente, en nuestra imaginación, en nuestro falso concepto de la vida. Hemos de ser dueños en vez de esclavos, y no hay esclavitud comparable a la del prejuicio o superstición que nos acobarda.

La ignorancia y las insensatas supersticiones desbaratan la dicha de multitud de gentes. Creen muchos que las supersticiones son inofensivas; pero no es ciertamente inofensivo nada de cuanto le sugieren al hombre el error y la ignorancia. Mucha personas se creen perpetuamente amenazadas por la desgracia, que les acosa aun en los más dichosos momentos de su vida, y de tal modo les conturba, que jamás pueden disfrutar con verdadero placer de bien alguno. Siempre se les aparece el espectro en los festines.

Por otra parte, hay personas cuya dicha no es completa por temor a la imaginaria enfermedad, cuyos horribles síntomas describen tan seguramente como si ya invadiera su cuerpo. Este continuo temor entorpece la nutrición, debilita la resistencia corporal y favorece el desarrollo de los posibles gérmenes hereditarios o propensiones morbosas latentes en el organismo.

El temor altera la circulación de la sangre, empozoña las secrecciones y debilita el sistema nervioso.
Pero, en cambio, todo cuanto nos emociona placenteramente y nos da felicidad, facilita la libre circulación de la sangre y sutiliza los vasos capilares.

Los niños que viven en ambiente de temor se detienen en su crecimiento y nunca se desarrollan normalmente. Su sistema vascular es más pequeño, la circulación más lenta y el corazón más débil bajo la influencia del temor, que seca las fuentes de vida, mientras que el amor, que desbanece nuestro temor, produce precisamente los contrarios efectos.

Muy estraño es que, después de tantos siglos de experiencias y aleccionamientos, no sepan todavía los hombres que el temor es un espectro de la imaginación y no se hayan resuelto emanciparse de este cruel enemigo de la felicidad. Parece que el género humano debiera haber hallado hace siglos algún camino lejano de este innecesario sufrimiento; pero aún nos estremecemos al pensar en los mismos fantasmas de temor y tedio que acosaron a nuestros antepasados y que fácilmente podríamos desvanecer de nuestros pensamientos.

Si los que están al fin de su vida miran atrás, echarán de ver que jamás ocurrieron aquellas desgracias cuyo temor les envejeció prematuramente, robándoles la alegría del vivir.

Desde los albores de la historia hasta nuestros días ha torturado a la humanidad un espectro ilusorio, una mera forma mental, un encharcamiento de la imaginación: el temor.

Muchas gentes temen tanto a la muerte y tanto terror les causa su memoria, que no disfrutan ni de la mitad de la vida ni obtienen cuanto les cupiera esperar de ella.

Conozco algunos hombres que, pasado el promedio de su vida, se estuvieron preparando continuamente para la muerte, ordenando sus asuntos, redactando su testamento y decidiendo cómo se habían de administrar sus negocios después de su fallecimiento. Sin cesar hablan estos tales de la muerte y proyectan su descripción como película cinematográfica en la mente de sus hijos.

¿Y pensemos cuán siniestro es para un niño crecer en semejante atmósfera de temor a la muerte, con que se les amedrenta al acostarse diciéndoles que piensen en que podrían morirse aquella misma noche¡ ¿qué gana el niño con tales restricciones?

Viven los timoratos en incesante temor a la muerte, como negro toldo que ensombrece todo gozo legítimo; pero las almas próceres, tranquilas en su nobilísima felicidad, se sienten absolutamente seguras en cualesquiera circunstancias. Quien cree que es víctima de la fatalidad, que todos sus planes han de fracasar y se han de desvanecer todas sus esperanzas sin que les quepa la seguridad de validar sus esfuerzos por intensos que sean, no podrá adquirir aquella firmeza de carácter que, como persistente y fundamental principio, es la médula de toda vida extraordinaria.

Mas antes de que podamos afirmar nuestro carácter, hemos de tener el sentimiento de seguridad, firmeza, equilibrio y ponderación en que consiste la verdadera hombría.

Nuestro temor esta siempre en proporción de la flaqueza o ineptitud para precavernos de la causa que lo motiva.

Todos hemos de ser capaces de dominar la mente y regir en toda ocasión nuestros pensamientos, porque lástima da ver hombres que, con fortaleza para muchas cosas, son víctimas pasivas de torcedores pensamientos que podrían sofocar un instante.

El hombre debe ser capaz de gobernar el reino de su mente. Debe ser capaz de abrir y cerrar las puertas de este reino para acoger o desterrar los pensamientos a su albedrío.

Miles de gentes mueren cada año por abatimiento de espíritu, esperanzas desvanecidas, ambiciones truncadas y agotamiento prematuro. Todavía no hemos aprendido a fomentar aquella elevada e inteligente jovialidad, propia de las almas escogidas que confían en su poder; aquella placidez de ánimo, que es la más eficaz medicina contra las enfermedades de la humanidad. No hemos aprendido todavía que la aflicción, la ansiedad y el temor son los mayores enemigos de la vida humana, contra los que hemos de oponer toda nuestra resistencia. Sin la placentera jovialidad, que constituye la normal atmósfera de nuestro ser, no es posible mantener sanos mente y cuerpo.

Lo mejor será elevar cuanto nos sea posible nuestros exponentes físico, mental y moral, a fin de que el tedio, el temor y la ansiedad no hallen en nosotros sitio en donde asentar el pie.

Si no logras ser feliz en el infortunio, no lo serás en ninguna circunstancia.

Dice un autor: "Sin duda significa esto que no alzanza a conocer la felicidad quien es víctima de sus genialidades y no acierta a regir sus orientaciones mentales, sino que se deja empujar de un lado para otro por el humor del momento."

Según atestiguan los médicos, uno de los peores resultados de la inveterada indulgencia que tenemos con el temor y la ansiedad es el creciente uso de narcóticos, que los ignorantes toman por panaceas. Toda preparación de morfina, cocaína, alcohol, y especialmente los específicos para el dolor de cabeza, son muy peligrosos en manos de personas inexpertas y a veces ocasionan deplorables resultados.

La afición a los alcaloides y otras drogas, tentadoramente disimuladas en elegantes cajas y llamativos frascos con el nombre de específicos medicinales, cuando no de panaceas, demuestra cuan ansiosamente vivimos hoy día, porque nuestros nervios están continuamente en máxima tensión, incompatible con los goces placenteros.

En otro tiempo eran muy pocos los excitantes a que recurría el hombre para dar alivio a la fatiga nerviosa y mental; pero hoy se consumen a todas horas aperitivos, licores y estimulantes, y apenas hay quien pueda estarse una hora sin el cigarro en la boca.

Los negociantes desmedidamente afanosos de ganancias aguijonean de continuo sus nervios y su cerebro por artificiosos medios, que les agotan las reservas vitales y les dejan sin fuerzas para resistir las enfermedades o los achaques.

Millones de hombres ruedan de continuo por cafés y botellerías en demanda de excitante que les aparte siquiera temporáneamente, de las penas que les conturban, creídos de encontrarse con ello mejor dispuestos para el trabajo; pero muy pocos echan de ver adónde les lleva la constante excitación de los licores, tabaco, café, alcaloides y drogas, que irremediablemente han de provocar en el organismo desastrosa reacción. No advierten que los licores alcohólicos paralizan los nervios de los vasos sanguíneos del cerebro, occasionando congestiones parciales que si de momento acrecietan la actividad cerebral, acaban en la correspondiente depresión.

De nuestro alejamiento de Dios dimanan el tedio, la aflicción y la ansiedad, porque si nos pusiéramos en contacto con ÉL estaríamos tranquilos y equilibrados. Tenemos el deber de rechazar a todo enemigo de nuestra salud y felicidad, lo mismo que rechazaríamos a un ladrón en nuestro hogar.

La armonía es tan formal en el hombre equilibrado como lo es la música. Cuando el médico se despide de un enfermo suele decirle: "Cobre usted ánimo y no se amilane. Manténgase tranquilo y no se preocupe." Estas comunes recomendaciones demuestran la universal creencia de los médicos en la fatal, abrasadora y morbosa influencia del tedio en la salud corporal, hasta el punto de considerarlo como una maldición.

Decía un conocido predicador:
Cada instante de tedio debilita las fuerzas que el alma ha de emplear en sus cotidianas luchas. El tedio es una enfermedad que abulta los peligros y convierte en montañas los granos de arena. Es el tedio una especie de locura. Así como tendríamos por loco al hombre que para conservar la salud tomase cada mañana una dosis de veneno, no es menos locura desear la felicidad y ceder a la influencia del tedio. Es como si nos encaminásemos hacia el sur en busca del norte o como si bajáramos a la bodega en espera de ver el arco iris. El tedio paraliza las fuerzas necesarias para combatir el mal.

¿Qué diríamos del comerciante que, al borde de la quiebra, malgastara locamente el dinero en vez de ahorrarlo para salvar su situación? Pues algo incomparablemente más insensato hace el tedioso, cuyos elementos para resolver el problema de la vida son la potencia cerebral, la actitud creadora y la energía psíquica que, sin embargo malgasta en las noches de insomnio, en los momentos de ansiedad y tensión nerviosa, labrando con ello no sólo su propia infelicidad, sino la de su familia.

Imposibles son la paz de la mente, la dicha de la vida y el éxito en la obra, cuando subordinamos su logro a condiciones externas cuya peculiar mutabilidad las substrae a nuestro gobierno.

Ya es hora de advertir que, pues no podemos derrocar de su trono al temor atacándole violentamente, debemos valernos de otro sentimiento más fuerte que él: del antídoto del temor, esto es de la confianza y la fe.

Cuando nos aliemos con la fe, depondremos el temor de su antiguo trono, del que no es posible arrancarlo por violencia, sino que, poco a poco, lo hemos de empujar para que le ceda el sitio. Y cuando lo hayamos desalojado por completo, se marchará también el tedio y nos veremos libres de los dos gemelos enemigos de la felicidad. Entonces descansaremos en tan firme sentimiento de seguridad, confianza, libertad y poder, cual no cabe concebir, y gozaremos de completa felicidad.

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