domingo, 7 de octubre de 2012

EL MAESTRO INTERNO -Cap. XIX de NUESTRAS FUERZAS MENTALES de PRENTICE MULFORD





La fe es la substancia de las cosas que esperamos. Si mantenemos en la mente una imagen o representación de nosotros mismos en perfecta salud y llenos de fuerza y de actividad, ponemos en acción las fuerzas que han de hacernos de conformidad con nuestro deseo. De este modo construimos con la substancia invisible de pensamiento un YO espiritual –el YO esperado, relativamente perfecto- y este ente espiritual, con el tiempo, llegará a dominar al cuerpo material y lo hará semejante a sí mismo. Si tenemos débil el estómago, esforcémonos en no creerlo así y en representárnoslo imaginariamente como si fuese muy fuerte. Si nuestros pulmones son débiles, veámoslos con los ojos de la mente como si fuesen duros y resistentes. Si nuestro cuerpo es débil también y perezoso, veámonos imaginativamente como cuando éramos muchachos, y llenas nuestras piernas de fuerza y de agilidad, hallábamos un gran placer en saltar y brincar por el campo y en trepar a los árboles.
            De esta manera exteriorizamos la substancia de la cosa o la condición del cuerpo esperada o deseada ardientemente. Y cuanto más persistamos en vernos así mejorados imaginativamente, al observar el cambio gradual que se opera en nuestras condiciones físicas, aumentará también nuestra fe en que es una gran verdad esta ley de que hablamos. Mantengamos persistentemente en nosotros mismos esta fe en nuestra salud y nuestra fuerza, y esto con creciente actividad y vigor, semana tras semana, año tras año, hasta fijar en nuestro entendimiento la idea de que estamos libres de toda enfermedad, llegando a convertir la costumbre de imaginarnos así en un hábito inveterado, o, como suele decirse, en una segunda naturaleza.
            Aquello en que más persistentemente pensamos o que mantenemos fijo siempre en la imaginación es en lo que tenemos una fe más absoluta. Si nos imaginamos ver una aparición o un fantasma, las más de las veces acabaremos por convertir en realidad lo que es producto de nuestra imaginación. El enfermo crónico se ve, con los ojos de la mente, como realmente incurable, haciéndose de sí mismo las peores representaciones, las más desagradables imágenes, y de este modo, inconscientemente, pone en acción la referida ley. El enfermo que se considera realmente enfermo está construyéndose, en verdad, un cuerpo en que toda enfermedad tiene su asiento. Llegaremos a debilitar realmente nuestro estómago, si nos lo representamos  siempre como un estómago de veras débil. La gran equivocación de hoy día consiste en que, apenas sentimos que algún órgano experimenta una pequeña indisposición o una fatiga excesiva, su dueño ya no se preocupa más que de aquel órgano, considerándolo como realmente enfermo, cuando no está la enfermedad más que en su propia imaginación, y la mayor desgracia estriba en que, las más de las veces, le ayudan a ello las personas que lo rodean. Como todo pensamiento exteriorizado es substancia, de esto resulta que el impaciente ha debilitado, por la acción de su propio espíritu, ya su estómago, ya sus pulmones, ya cualquier otro de sus órganos físicos.
            No siempre puede decirse que toda cosa material es el producto de espirituales e invisibles fuerzas. Lo que pensamos no es otra cosa, ante todo, que invisible substancia; pero tan pronto como se ha producido empieza a atraer elementos substanciales que son de su mismo orden. No importa, pues, que seamos tanto o cuánto más débiles, mientras mentalmente nos imaginemos ágiles; fuertes y vigorosos, con lo cual lograremos que nuestro cuerpo espiritual sea realmente fuerte, ágil y vigoroso. Este cuerpo espiritual es el que ha de atraernos los elementos substanciales de la salud y de la fuerza. Siempre, mentalmente, nos hemos de ver sanos y fuertes, aunque esté enfermo nuestro cuerpo. Ésta es una cosa sencillísima, pero que encierra una ley maravillosa, que puede obrar los más grandes milagros. Cuando mentalmente nos imaginamos enfermos, aunque lo estemos en realidad, ponemos en acción esta misma ley, pero en las peores condiciones para nosotros.
            La representación imaginaria de un cuerpo sano y vigoroso se traduce real y substancialmente, aunque en elementos invisibles, en cuerpo sano y vigoroso, rebosante de salud. Ésta es una realidad espiritual, y el cuerpo material, bajo su influjo, crecerá en forma semejante a esta realidad espiritual. Si nuestro cuerpo es débil, procuremos no verlo con los ojos de la mente tal y como es, sino lleno de salud, de vida, de placentero vigor. No hemos de considerarnos nunca como verdaderamente inválidos, teniendo que pasarnos la vida clavados en una silla o retenidos siempre en casa, esto ni aun cuando nuestro cuerpo se halle en tales condiciones.  Practicamos en nosotros una verdadera autocuración cuando nos vemos corriendo y saltando, con los ojos de la mente; y, en cambio, mantenemos en nosotros y agravamos nuestra invalidez si nos contemplamos siempre como verdaderos e incurables inválidos. No esperemos nunca ni temamos la enfermedad o los dolores de mañana, no importa que estemos enfermos hoy o padezcamos grandes dolores. No esperemos nunca nada sino más fuerza, más salud. En otras palabras: que adquirir siempre mayor salud y mayor fuerza sea nuestra cotidiana aspiración o constante ensueño.
            Ensueño significa mucho más de lo que el mundo entiende. El estado de ensueño que durante algún tiempo puede mantener a una persona en la más completa inconsciencia de lo que pasa en torno de ella es una fuerza capaz de obrar grandes cosas en el poderoso reino del espíritu, acerca del cual tan poco es lo que sabemos. Solamente que en la actualidad, como la persona cuyo espíritu se desprende del cuerpo material, hasta quitarle toda conciencia, no tiene conocimiento alguno de los poderes de que puede usar en aquel estado, tampoco tendrá ninguna fe en ellos; y sin fe, naturalmente, la mayor parte de los resultados que podría obtener se frustran.
            Aquél que no tiene conocimiento alguno de las minas de oro, ni de las formaciones o estratificaciones en que es hallado el precioso metal, ni de los métodos para extraerlo del suelo, puede estar gozando durante años enteros de grandes territorios auríferos, y no hará más que rellenar con sus riquísimas tierras los barrancos o bajos de los mismos. Sin conocimiento alguno del tesoro que guarda la tierra de que es dueño, no tendrá fe en él. Estamos actualmente, con respecto a nuestros poderes mentales o espirituales, en una condición análoga. Sin embargo, cada una de nuestras imaginaciones o representaciones mentales es una realidad invisible; y cuanto más persistentemente y más firmemente es mantenida la imaginación, tanto más se acerca ella a ser convertida en cosa que nuestros sentidos físicos podrán ver, sentir y tocar. Pidamos, pues, durante nuestros estados de ensueño cotidiano, salud y fuerza, con toda la persistencia que nos sea posible. Cuanto más persistente sea nuestra aspiración en dicho sentido durante el día, tanto más fácilmente entrará nuestro espíritu en los dominios de la fuerza durante la noche, recuperando así más prontamente el vigor perdido. Pero si durante el día no pensamos más que en la debilidad y en las enfermedades, nuestro espíritu por la noche se hallará mucho más apto para conectarse con las corrientes de los elementos de debilidad y de toda clase de dolencias, poniéndonos de este modo en las peores condiciones posibles.
            Por pura ignorancia, puede uno guardar en su cuarto una gran cantidad de pólvora, creyendo que es una substancia enteramente inofensiva, y en el momento, más impensado la menor chispa de fuego puede determinar la explosión, destruyendo con ella su casa y su cuerpo. De manera análoga está la humanidad atrayéndose constantemente sobre sí misma toda clase de dolores y de miserias, por hacer, debido a su ignorancia, un mal uso de sus fuerzas mentales. Según sea lo que pensamos o imaginamos, podemos reunir grandes cantidades de pólvora o de oro puro. Entregarnos todos los días a un momento de ensueño o aspiración ardiente es poner en acción una gran corriente de fuerzas positivas. Cuanto más duradera y más intensa sea la abstracción, más grande resultará la fuerza que obra por separado y aparte de su instrumento habitual, que es el cuerpo. Así, cuando por un tiempo determinado logramos olvidar o perder la conciencia de nuestro ente físico y de cuanto lo rodea, no hay duda que nuestro poder metal o espiritual está obrando entonces fuera de nuestro cuerpo físico, quizá muy lejos de él. Todos los poderes llamados ocultos, todos los milagros de que nos dan fe los libros antiguos, eran desarrollados y conseguidos exactamente por ese método. Si la substancia mental puede ser concentrada en un volumen suficiente, construyendo la representación de una imagen determinada, producirá instantáneamente en substancia visible esa misma imagen. Tal es el verdadero y único secreto de la magia. Magia significa la instantánea producción de lo visible por medio de la concentración a que nos referimos.
            El poder espiritual de Cristo, concentrado en una imaginación o pintura mental, llegaba a transformar esta imaginación en substancia visible, como hizo con los panes y los peces. Todas las mentes, todos los espíritus, poseen en embrión estos poderes; todos son capaces de análogas posibilidades.
            La fe es verdaderamente lo mismo que un grano de mostaza, al cual, en lo tocante a su crecimiento y propagación, es comparada en los Evangelios. Pero este grano de la fe puede germinar y crecer lo mismo para el mal que para el bien; y si es para el mal se convertirá pronto en un árbol al cual todos los repelentes pájaros agoreros vendrán y construirán su nido. Nuestras imaginaciones o representaciones de maldad significan que tenemos fe en esta maldad. El temor que sentimos por una enfermedad o un mal cualquiera significa que tenemos fe en la perpetuidad y los progresos de la tal enfermedad. Padecemos acaso un ligero desarreglo de estómago o de los riñones o de otro órgano cualquiera, y, aunque nuestra dolencia no haya de durar más que un solo día o muy pocos días, empezamos a contar con ella, de manera que no pensamos ya sino en el órgano indispuesto y no acertamos ya a considerarlo mentalmente como un órgano sano, y aun es probable que alguien nos diga que lo tenemos en muy peligrosas condiciones. Hasta el fácil que demos a esa afección un nombre que nos sugerirá la idea de grandes sufrimientos, de grandes debilidades y, por fin, de la muerte. Todo esto contribuye a fortalecer nuestra fe en el mal; además, la fuerza de otras mentalidades puede ayudar a la nuestra en el crecimiento y progresos de esa fe. Nuestros amigos y aun nuestros conocidos se mostrarán ansiosos por el estado de nuestra salud, y, llenos de temores, nos recordarán a cada punto los cuidados y las preocupaciones que nos conviene tomar. Por lo tanto, todo contribuye a que nos veamos débiles y enfermos. No procuramos representarnos mentalmente en completo estado de salud la parte u órgano afectado; nadie en torno de nosotros lanza su corriente espiritual de salud y de vigor; los elementos mentales que de todas partes se proyectan sobre nosotros son todos de naturaleza destructora, son todos elementos maléficos. Si algún amigo nos dice: “Espero que sigas mejor”, lo hace con un acento y una expresión que bien claramente denotan su temor de que no será así; y de este modo constantemente va aumentando nuestra fe en el mal. Adquirimos siempre la substancia de la cosa temida, del mismo modo que de la cosa deseada. En el caso que antes he supuesto, adquirimos la substancia de la enfermedad y del mal. Nos atraemos los elementos de la enfermedad y de la debilidad en virtud de la misma ley o fuerza que, dirigida de otra suerte, podría atraernos los elementos de la salud. Estamos educados de manera que es más firme nuestra fe y nuestra creencia en lo malo que en lo bueno. Dice la Biblia: “De conformidad con su propia fe, le será dado a cada cual”, y nos ha sido dada la enfermedad a causa de que nuestra fe en ella es mucho más grande.
            La naturaleza no envejece nunca, en el sentido que damos nosotros a esta palabra. No hace más que cambiar por otras nuevas sus ya gastadas o estropeadas envolturas físicas o dígase formas de expresión. Decimos, por ejemplo, que el árbol envejece y muere; pero, ¿es que no vemos cómo, en muchos casos, del tronco podrido de un árbol viejo surge un árbol nuevo, que es en realidad el mismo árbol? No hay aquí sino que el espíritu o fuera del árbol que llamamos viejo ha materializado una nueva forma de expresión, y este proceso ha ido desarrollándose a través de innumerables edades. Toda especie de árboles ha tenido en los antiguos tiempos una expresión material más tosca o grosera que en la actualidad, y por medio de sucesivas reproducciones ha ido progresando y mejorándose cada vez más.
            En toda clase de organismos vivientes vemos que existen ciertos períodos de descanso destinado a la reunión de fuerzas, preparándose para verdaderas renovaciones, como en ciertos mariscos que mudan periódicamente la concha, como en las serpientes que mudan la piel, como en los pájaros que mudan el plumaje. Además, en todos los organismos vivos se producen continuamente cambios que nuestros ojos físicos no pueden apreciar. Durante esos períodos de muda, los animales se sienten débiles y permanecen inactivos, y es que su naturaleza pide un cierto descanso mientras se opera esta reconstrucción, la cual existe tanto en lo interno del organismo como en lo externo.
            Toda ley natural que observamos en las más bajas formas de la organización viviente, ejerce igualmente su acción en las más elevadas; esta ley de la renovación física acciona también sobre la humanidad. Existen en la vida de cada persona ciertos períodos en que su actividad, sus fuerzas y todas sus funciones parece que disminuyen de intensidad, y es que se halla entonces en el proceso de su muda, para lo cual nos proporciona la naturaleza períodos de descanso. Si obedeciésemos siempre sus mandatos, en el espacio de unas pocas semanas o de algunos meses gozaríamos de una ida renovada, con un cuerpo enteramente nuevo. Todo lo que la naturaleza exige de nosotros es que demos al cuerpo y a la mente el descanso necesario mientras nos estamos renovando.
            Al hablar de las personas de mediana edad suponemos siempre que han alcanzado ya las tales la suma mayor de su poder y de su actividad, firmemente convencidos de que, después de ese período, vamos declinando en forma gradual, como se marchitan y amarillean las hojas de los árboles. Esta nuestra fe en la vejez y en la debilidad, en virtud de la ley espiritual que ya conocemos, es la que nos envejece y debilita.
            En cuanto hemos pasado un poco de la mediana edad, en la que hemos llegado a la plenitud de nuestras fuerzas físicas, entramos en un período de reposo y de reconstrucción, durante el cual el cuerpo viejo dará nacimiento a un cuerpo nuevo, o bien, dicho en otra forma, el cuerpo viejo se rehará a sí mismo produciendo un cuerpo totalmente nuevo. Durante el proceso de esta construcción se requiere un gran espacio de descanso y sosiego. Nuestro ¡YO espiritual, tan real como invisible, se halla ocupado en el proceso de dicha reconstrucción, en el bien entendido de que nunca nos habrá de ser tan penoso este período como lo es para todo el cuerpo que viene a la vida física de la infancia y de la adolescencia.
            Pero es el caso que nunca consentimos en este necesario descanso, nunca nos entregamos voluntariamente a él, obligando a la exhausta y cansada organización física a seguir trabajando cuando ya no está apta para ello, y tomamos erróneamente nuestro período de muda, y, por consiguiente, de debilidad temporal y pasajera, por una forma cualquiera de enfermedad o dolencia. Y así fijamos en la mente, en virtud de nuestra fe extraordinaria en el mal, la idea de la enfermedad, y por este camino acabamos por ponernos realmente enfermos. De suerte que mientras la naturaleza se ha esforzado en procurarnos un cuerpo nuevo, rejuveneciendo el ya exhausto y gastado, haciéndonos más fuertes, nos oponemos a sus designios y nos hacemos a nosotros mismos cada vez más débiles.
            En la inmensa mayoría de los casos, los hombres no pueden proporcionarse el descanso que al llegar a la mediana edad exige la naturaleza;  se ven obligados a trabajar día tras día, año tras año, para ganarse la subsistencia; pero esto no modifica en nada los resultados del proceso. Las leyes de la naturaleza no tienen para nada en cuenta la conducta que observan los hombres, y menos aún los móviles de su conducta. Así la humanidad, por pura ignorancia, desobedece a estas leyes, y creyéndose obligado el hombre a ganarse, incesantemente la vida, trabaja y sufre y se agota, para morir al fin miserablemente en el lecho de la enfermedad y del dolor.
            En muchos casos, el hábito adquirido es tan fuerte, que los hombres no pueden poner término a su labor, ni saben salirse de la esfera especial de su actividad, y es como si no tuviesen capacidad para dar un descanso a su espíritu o a su cuerpo, y no hallan deleite más que en el trabajo, pese a que, fuerza de bregar en tales condiciones, aumentan su infelicidad a medida que se hacen más y más débiles, del mismo modo que muchas mujeres de su casa se complacen en trajinar hasta matarse y no se sienten felices si no están agobiadas siempre de trabajo.
            Estas personas, cuando sienten que su mente y su cuerpo se aproximan al estado especialísimo del verdadero descanso, se alarman extraordinariamente y temen por su poder y su fuerza, que sienten disminuir, sin comprender que no se trata más que de pasar un tiempo relativamente corto en medio de una cierta inercia, de una relativa inactividad. En cambio, si estuviesen debidamente educadas en lo físico y en lo moral, sabrían que el poder espiritual va a dedicar entonces toda su fuerza en recobrar las energías gastadas, para dedicarlas a la reconstrucción de un cuerpo nuevo, pues el espíritu no puede ejercer al mismo tiempo toda su acción en el sistema externo y en el interno. Cuando pone toda su fuerza en uno de ellos, el otro ha de descansar.
            La gran fuente natural para la recuperación de las fuerzas es el descanso. La tierra que se deja descansar o e barbecho va reuniendo nuevas fuerzas para una futura producción. La madre cuyo cuerpo y cuya mente trabajan lo menos posible durante la gestación es la que da nacimiento a los niños más fuertes y llenos de salud.
            Por descanso entendemos el descanso de la mente y el del cuerpo. El descanso mental es tan necesario como el descanso físico. La inmensa mayoría de los hombres actuales no tienen un concepto exacto de lo que es o significa el descanso mental, el dejar en sosiego la inteligencia. En ellos la ansiedad, la angustia, el desasosiego, forman ya un hábito o segunda naturaleza que no pueden abandonar. Ricos y pobres proceden lo miso. Esto conduce al agotamiento de fuerzas, al decaimiento, a la enfermedad; y proviene de que los hombres y las mujeres de hoy día no aciertan a tener una firme creencia en que todos, como partes que son de Dios o del Infinito Espíritu, poseen un poder espiritual que, educándolo y teniendo fe en él, subvendría a sus necesidades, les concedería una perfecta salud y convertiría en deliciosas realidades lo que noes ahora para ellos sino un ensueño. El hombre está llamado a vivir en aquellos tiempos en que cuando diga: “!Quiero esto o aquello¡”, persistiendo en esa actitud mental, la cosa deseada se realizará: por medio de las invisibles fuerzas, su cuerpo, si duerme; por medio de sus propias energías, si esta despierto.
            Lo que entendemos actualmente por la palabra muerte no es más que el acto que cumple el espíritu al abandonar el cuerpo envejecido y gastado, pues encierra en sí mismo la potencia para penetrar en su cuerpo nuevo. Por la ignorancia y la violación de esta ley natural, los hombres de todos los tiempos han quitado al espíritu la oportunidad de hacer uso de esa gran potencia suya. El hombre no muere; únicamente el cuerpo es el que muere. Cada uno de nosotros gozó ya de otro cuerpo antes de la existencia presente. Y este cuerpo es el que murió, como otros cuerpos habían ya muerto antes que él. Nuestra verdadera vida es la vida mental o espiritual. Pero no estamos condenados a tener que sufrir siempre la muerte del cuerpo, como ha sido hasta hoy. Un tiempo ha de venir en que, habiendo ya el espíritu madurado suficientemente sus poderes, sabrá irse revistiendo a sí mismo, de un modo gradual, de un cuerpo físico nuevo a medida que se vaya desgastando y haciéndose inservible el viejo. Pablo previó ya esta posibilidad cuando dijo: “El último gran enemigo que el hombre habrá de vencer es la muerte”.
            Cuando esta ley sea conocida y se cumpla, es decir, cuando sea conscientemente y plenamente observada, se producirán tales resultados que ahora tendrían por cosa de milagro. Los espíritus –y con este nombre nos referimos a todo ente espiritual que esté en uso y en posesión de algún cuerpo físico- disfrutarán de un cuerpo del que se podrán servir en este plano de la existencia todo el tiempo que les plazca o deseen; y como tales cuerpos serán cada vez más perfectos y estarán mejor formados, se hallarán también mejor adaptados para expresar o exteriorizar los crecientes poderes del espíritu. Nuestro verdadero YO nunca pierde la menor partícula del poder adquirido. Sólo se debe a imperfecciones del instrumento, el cuerpo, que el espíritu sea muchas veces incapaz de exteriorizar todo su poder, del mismo modo que el más hábil de los carpinteros haría escasa e imperfecta labor con una sierra mal afilada o rota.

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Los XV primeros capítulos

capítulos del XVI al XXI

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