domingo, 24 de febrero de 2013

Las palabras pueden cambiar tu cerebro


Nuevas investigaciones han demostrado que el poder emocional de las palabras es tan  fuerte, que son    capaces de cambiar el funcionamiento de nuestro cerebro. El balance entre el número de palabras positivas y negativas es crucial en una conversación. No entender estas claves sería una de las razones de por qué a veces no logramos entendernos cuando hablamos.

UN “NO” NO ES IGUAL a un “sí” y no sólo porque expresen contenidos completamente diferentes. Cuando escuchamos la primera palabra, el cerebro comienza a liberar cortisol, la hormona del estrés y encargada de ponernos en alerta, lo que hace decaer nuestras funciones lógicas y nos vuelve prejuiciosos frente a los demás. La segunda produce liberación de dopamina, la hormona que regula el mecanismo de recompensa del cerebro, y nos deja con una sensación de bienestar y apertura frente a la comunicación.
Estos son sólo un par de los descubrimientos de dos autores estadounidenses que, de la mano de un nuevo libro, proponen una revolucionaria teoría: las palabras son capaces de cambiar nuestro cerebro. Tanto, que en los efectos hasta ahora poco conocidos de ciertas palabras o ciertas entonaciones al hablar, podría estar la razón de que muchas veces no logremos comprender a los demás o de que ni siquiera seamos capaces de darnos a entender frente a otros.
Mark Waldman y Andrew Newberg son los autores de Las palabras pueden cambiar tu cerebro, el libro que será lanzado el 14 de junio en Estados Unidos y al que La Tercera tuvo acceso. Profesor de Comunicación y miembro del Programa Ejecutivo del MBA de la Universidad de California, Los Angeles, el primero, y director del Centro de Medicina Integrativa Myrna Brind de la Universidad Thomas Jefferson, el segundo, hablan de una nueva comunicación, a la que llaman “compasiva”. Esta, para ellos, se traduce en una forma de contactarnos con los otros que contempla tanto el debido respeto por los demás como la sinceridad. Y en la cual resulta indispensable la aplicación de todo lo que hasta la fecha ha descubierto la ciencia sobre el impacto de las palabras.

Sea tan breve como pueda
Sabemos que la capacidad humana de comunicación depende, en gran medida, del área del lóbulo frontal que procesa la memoria de trabajo. Día a día, el cerebro absorbe una enorme cantidad de información, que, a través de un proceso de repetición y uso, se almacena en la memoria de largo plazo. Sin embargo, cada vez que necesitamos efectuar alguna tarea, desde hablar con otro hasta anudarnos los zapatos, los recuerdos pasan a un lugar más accesible, denominado memoria de trabajo, desde donde el cerebro selecciona únicamente los segmentos de información que sirven para desempeñar esa determinada función.
Waldman y Newberg descubrieron que la memoria de trabajo sólo funciona con alrededor de cuatro segmentos de información a la vez, que el cerebro retiene por cerca de 20 o 30 segundos. Dicho de otro modo, nuestro cerebro no es capaz de mantenerse concentrado en más que unas cuatro ideas específicas, ni por más tiempo que el señalado en cada una de ellas. Por eso, sugieren los autores, cuando conversamos con otros, debemos limitarnos lo más posible a ir separando las ideas, a fin de que la otra persona pueda entender cabalmente lo que estamos diciendo. Obvio, usted dirá que necesita más tiempo para explicarse apropiadamente. Puede ser, pero desde el punto de vista del mecanismo cerebral, si expresa demasiadas ideas por un tiempo muy largo, la otra persona sólo será capaz de recordar nítidamente una parte de esa información, que puede no ser la que estamos tratando de que retenga. Esto conduce a la incomunicación total.

Nunca comience con un "no"
En las últimas décadas, la terapia sicológica ha hecho muy popular esta premisa: la gente debe expresar todo lo que siente, sobre todo lo negativo, para librarse de sus efectos perniciosos. La teoría de Waldman y Newberg contradice esta idea. De hecho, frente a esto, Waldman, en conversación telefónica con La Tercera, no se queda corto y señala que este libro “está transformando el modo en que se hace la sicoterapia en el mundo hoy, porque enseña que hay que hablar muy diferente de como la gente lo hace actualmente”.
De partida, plantea que las palabras negativas deben tratar de erradicarse del vocabulario. Lea lo siguiente: “No”. “NO”. “¡NO!”. Aunque no lo crea, si usted estuviera en este momento bajo el análisis de una máquina de resonancia magnética funcional, un especialista podría notar inmediatos cambios en el funcionamiento de su cerebro. En menos de un segundo, daría cuenta de un aumento de actividad en la amígdala (glándula encargada del procesamiento de las respuestas emocionales) y de la liberación de docenas de hormonas y neurotransmisores relacionados con el estrés, incluyendo el cortisol.
Estos químicos son los encargados de las señales de alerta, que interrumpen inmediatamente el normal funcionamiento del cerebro, especialmente en aquellas áreas involucradas con la lógica, la razón, el procesamiento del lenguaje y la comunicación. Cuando escuchamos expresiones negativas o incluso cuando nosotros mismos las decimos, el cerebro interpreta que algo malo ocurre y pone en marcha este sistema de defensa. Bajo ese estado, es muy difícil que estemos lo suficientemente abiertos para que se produzca de manera eficaz la comunicación.
Lo mismo ocurre cuando escuchamos una pelea en un programa de radio o vemos escenas violentas en una película. Curiosamente, para estos efectos, el cerebro no distingue entre las fantasías y los hechos reales y tiende a responder como si el peligro fuera verdadero. Por eso, algo semejante pasa cuando escuchamos palabras como “pobreza”, “enfermedad”, “soledad” o “muerte”. Comenzamos a preocuparnos de inmediato, rumiando persistentemente sobre la posibilidad de que uno de estos males nos afecte en el futuro. Esto puede ser un rasgo evolutivo: nuestros ancestros necesitaban estar atentos a todas las señales de peligro del ambiente y actuar frente a ellas para no morir en el intento.
Pero como no hay forma de eliminar para siempre lo negativo de nuestro vocabulario, cuando sea necesario expresarlo, hay que seguir las ideas de la reconocida sicóloga Barbara Fredrickson: por cada idea o frase negativa, debemos ser capaces de entregar entre tres y cinco positivas, para balancear el efecto que éstas producen. Otro dato: trate que lo negativo no vaya nunca al principio ni al final de una oración, pues condicionará la conversación entera en el primer caso o dejará a su interlocutor con la última idea negativa que escuche.
El efecto de las palabras negativas puede ser tan dañino, que incluso es capaz de perpetuarse en el tiempo. Según Waldman, “los niños que han estado expuestos a formas crónicas de enojo, irritabilidad y críticas pueden tener daños permanentes y esto puede interferir con su habilidad para comunicarse y funcionar correctamente en el mundo cuando son adultos”.

Converse lentamente
Varias investigaciones han comprobado que las personas que hablan más rápido son vistas como más competentes por el resto. Sin embargo, esto no tiene que ver con la calidad de su discurso, sino con algo mucho más engañoso. Según Jeremy Dean, investigador del University College de Londres, cuando las personas hablan a un ritmo más rápido, es más fácil que el interlocutor se pierda y no se dé cuenta de los errores que comete la persona que está hablando.
Hablar demasiado rápido atenta contra uno de los pilares con los que trabajan Waldman y Newberg, que tiene que ver con la dedicación a la conversación y la planificación de lo que se está diciendo, algo que no se puede conseguir hablando a alta velocidad. Más aún, según un estudio de la Universidad de Maryland, en Baltimore, cuando se controla la velocidad y el tono de voz en una persona con antecedentes cardíacos, disminuye significativamente su reacción cardiovascular, un efecto que probablemente también experimenta quien está escuchando.

Hable de las cosas buenas
En un conocido estudio que puso a la sicología positiva en el mapa, se le pidió a un grupo de adultos de entre 35 y 54 años que escribieran, cada noche, tres cosas que les hubieran salido bien durante el día y que dieran una breve explicación del porqué. Durante los tres siguientes meses, sus grados de felicidad aumentaron continuamente y sus sentimientos depresivos disminuyeron, a pesar de que, pasado un tiempo, descontinuaron el ejercicio de escritura.
La razón es simple. Con la expresión o interpretación de palabras positivas ocurre exactamente lo contrario que con las negativas, ya que influyen nuestro cerebro en una dirección más placentera, lo que favorece la comprensión.
Las palabras de una conversación, como muchos otros datos sobre la realidad que nos rodea, son interpretadas por el tálamo, que es el encargado de transmitir la información al resto del cerebro y hacernos actuar de acuerdo al estímulo. Cuando escuchamos palabras positivas, como “sí”, “amor” o “paz”, según han probado estos autores, se produce una sensación de bienestar gatillada por la liberación de químicos como la dopamina, que activa los mecanismos de recompensa del cerebro y que nos llena de una sensación de tranquilidad. De hecho, uno de los estudios más recientes sobre el tema demostró que repetir regularmente palabras de connotación positiva incrementa la densidad de la neocorteza -encargada de los procesos de razonamiento- y baja la actividad en la amígdala.
Otro estudio, del equipo del doctor Herbet Benson, en el Hospital General de Massachusetts, probó que la repetición de estas palabras está relacionada con el encendido de 433 genes ligados con la reducción del estrés.
Y esto es visible inmediatamente. Según los análisis realizados para este libro, las personas aumentan en 11% la intimidad social y la empatía en una conversación con sólo practicar concentrarse en lo positivo con dos o tres personas diferentes por 10 minutos con cada una.


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