LA VIDA COTIDIANA de ORISON SWETT MARDEN

 



LIBRO: LA ALEGRÍA DE VIVIR


                                                                                                      

Feliz quien puede llamar suyo el día en que vive y para sus adentros piensa:                                    mañana Dios dirá, porque ya viví hoy.

DRYDEN

La tierra más querida es la en que se que se halla la alegría.

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SI UN habitante de cualquier otro planeta visitara los Estados de la Unión Americana, tal vez creyera que las gentes van de marcha para un muy ulterior destino y están allí vivaqueando como en estación del viaje, sin desembalar de su impedimenta más que lo estrictamente necesario para una temporánea detención.


El visitante encontraría muy pocas gentes satisfechas de su cotidiana vida, pues echaría de ver que la 
mayor parte tienen la vista puesta en algo más allá de hoy, en algo que ha de sobrevenir mañana. No están estas gentes definitivamente establecidas ni en verdad viven en el hoy y en el ahora, sino que confían en vivir mañana, el año que viene, cuando sus negocios prosperen y se acreciente su fortuna y se muden a la casa nueva con nuevos muebles y adquieran el nuevo automóvil para desechar todo cuanto ahora les molesta y rodearse de comodidades. Les parece que entonces serán felices, pues hoy no disfrutan verdaderamente.


Tenemos la vista tan enfocada en lo por venir, en alguna ulterior finalidad, que no echamos de ver las glorias  y bellezas de nuestro alrededor. Enfocamos los ojos en las cosas lejanas y no en las cercanas. Tan acostumbrados estamos a vivir en los anticipos de nuestra fantasía, que debilitamos la facultad de disfrutar cotidianamente de la vida. Vivimos para mañana y cuando el mañana llegue seguirá habiendo otro mañana. Somos como niños en persecución del arco iris. ¡Qué delicia si pudiéramos atraparlo! Pasamos la vida traficando con el porvenir y construyendo castillos en el aire. Nunca creemos haber llegado; siempre esperamos que aún ha de llegar la época ideal de nuestra vida.


La mayoría estamos descontentos, inquietos y nerviosos y nos consideramos infelices. Hay en nuestros 
ojos una lejana mirada que denota cuán descontentos estamos de la vida cotidiana, pues no vivimos en la actualidad del día, sino que ocupa nuestras mentes algo más allá de lo presente.


Para la generalidad de los hombres; fuera mejor vivir en cualquier parte menos donde rectamente debieran vivir día por día. Muchos se transportan al pasado para recordar las favorables coyunturas que perdieron, las magníficas ocasiones que desaprovecharon; pero en este recuerdo malgastan el precioso presente, que hoy les parece de poca estima y que mañana justipreciarán en todo su valor.


¡Cuántas virtudes y cualidades echamos de ver en pesarosa retrospección una vez pasaron más allá de nuestro alcance! ¡Cuán brillantes oportunidades se nos representan, luego de desvanecidas! ¡Qué de cosas haríamos si se nos volviesen a deparar!


Muchas gentes malogran su dicha con el recuerdo de infortunados errores o amargas experiencias de un pasado infeliz. Para ser dichoso es necesario ahuyentar, borrar, sepultar y olvidar todo cuanto sea desagradable o despierte en nuestra memoria tristes recuerdos, pues nada pueden hacer estas cosas por nosotros, sino minar la vitalidad que necesitamos para la enmienda de nuestros errores y el reparo de nuestros infortunios.


En un Congreso de Agricultura le preguntaron a un viejo labrador qué terreno le parecía más a propósito para cierta especie de fruto, a lo que respondió diciendo: “No importa tanto el pedazo de tierra como el pedazo de hombre”. En efecto, el labrador entendido en su arte saca provecho del suelo pobre, mientras que el labrador desmañado vive con penuria en el más fértil terreno.


La felicidad no tanto depende de las circunstancias favorables, como de la actitud de nuestra mente. No 
basta entresacar la felicidad de condiciones ideales, porque así lo hace cualquiera; sólo el alma equilibrada y dueña de sí misma será capaz de hallar la felicidad en el más inhospitalario ambiente. Hay que llevar consigo la felicidad, so pena de no hallarla en ninguna parte.


Nuestra desazón proviene de que confiamos demasiado en lo extraordinario e insólito y desdeñamos las 
ordinarias flores del sendero de la vida, en cuyo perfume podríamos aspirar consuelos y deleites.


Muchas gentes que honradamente se esfuerzan en cumplir lo mejor posible sus deberes, difícilmente advierten cuán hacedero les fuera encontrar la felicidad en las monótonas y prosaicas profesiones a que por necesidad están sujetos. Excelente lección les darían a estas gentes las abejas, que, sin perder instante del día, liban la miel en flores ponzoñosas y malezas que, a nuestro parecer, no sirven para nada bueno.


Si alguna vez somos felices, será porque de nuestro ambiente habremos entresacado la felicidad, no obstante sus vejatorias condiciones de inquietud y desaliento.


No conoce el gran secreto de la vida quien no sabe forjarse por sí mismo la felicidad en el trabajo cotidiano, con todas sus pruebas, contrariedades, obstáculos, molestias y contratiempos. De esta órbita de cotidianos deberes, de la violenta y torcedora contienda de la vida diaria, de la discrepancia de opiniones y actitudes de este cicatero mundo de las compraventas, hemos de libar la miel de la vida, como la abeja extrae dulzuras de toda especie de flores y malezas.


Lleno está el mundo de inexplotadas minas de felicidad. Doquiera vayamos encontraremos variedad de materiales de los que, si supiéramos elaborarlos, extraeríamos la felicidad. “Todas las cosas tienen su valor, con tal que acertemos a estimarlas en lo que valen. Media felicidad está en las cosas menudas que tomamos al paso.”


Los hombres que en el mundo se mueven han de ser parte del mundo y actuar en la vida de ahora y sentir las punzadas de la civilización mientras se está representando el gran drama humano.


¿No advertís que precisamente estáis ahora en aquella época de vuestra vida qué tan rosada y radiante de promesas vislumbrabais en vuestra niñez y juventud? ¿No echáis de ver, en los corrientes días y semanas, aquella irisada representación del porvenir que embelesó vuestra juvenil fantasía, como el espejismo alucina en el desierto al fatigado caminante? ¿Nunca os habéis detenido a considerar que el tiempo que ahora desperdiciáis es el mismo que mirado un día desde lejos tan precioso os pareciera; que los momentos ahora tan escurridizos en vuestras manos son los mismos que prometisteis no soltar hasta arrancarles todo su provecho?


¿Por qué os parece ahora árido desierto el mismo paraje que, mirado con el telescopio del porvenir, os parecía paraíso? Porque vuestra vista anda extraviada y a vuestro alrededor miráis desde un punto falso. Estáis descontentos y desalentados y sois infelices porque no encontráis, como dice la fábula, el talego de oro al pie del arco iris; y entretanto desperdiciáis en inútiles lamentos el tiempo que, debidamente empleado, convertiría el para vosotros ahora desierto en el paraíso de vuestros ensueños juveniles.


Os imagináis que al llegar a las doradas tierras del porvenir van a caer los frutos en vuestro regazo sin labrar el suelo ni plantar y regar la semilla. Os figuráis que cosecharéis donde no sembrasteis. Estáis todavía mirando hacia adelante y corréis tras un espejismo. Algún día despertaréis para advertir, quizá demasiado tarde, que nada hay en la virilidad cuyo precio no se haya pagado en la juventud.


No podemos substraer nuestra vida del tiempo. ¿Cómo somos tan insensatos malgastando el tiempo, 
especialmente en la juventud, cuando nos esforzamos en trepar al árbol de la vida? Ni una hora desperdiciada podemos eliminar de la duración de nuestra existencia, y si no aprovechamos el tiempo, no acertaremos a mejorar nuestra vida.


¡Cuán pocos advierten la paridad entre el tiempo y su vida! Les parece a muchos que pueden desperdiciar el tiempo en todo linaje de locuras y disipaciones sin menoscabo de su vida, que, no obstante, es inseparable del tiempo. Considerad que cuando perdéis un día, o cuando, todavía muchísimo peor, lo desperdiciáis en placeres que desmoralizan y deterioran vuestro carácter con 
hábitos viciosos, echáis a perder con ello parte de vuestra vida, de modo que al llegar a viejos daríais cualquier cosa por recobrar el tiempo tan lastimosamente malgastado.


Sólo hay un medio de vivir con positiva eficacia: levantarse cada mañana firmemente resuelto a obtener el mayor provecho posible de aquel día y vivir durante todo él cumplidamente. Suceda o deje de suceder lo que quiera, que sobrevenga o no tal o cual cosa, resolvámonos a derivar algo bueno de cada experiencia de aquel día, algo que acreciente nuestro saber y que nos enseñe la manera de que al día siguiente sean menos nuestros errores. Digámonos: “Hoy comienzo nueva vida. Olvidaré cuanto en 
el pasado me causó pena, pesar o desgracia”.





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